jueves, septiembre 21, 2006

Mi amigo Walter

Cuando Walter llegó a casa tenía unos 12 años, su padre se lo había dado a mi familia para que lo eduque y forme como hombre de bien. La familia de Walter era humilde, provenientes de la ciudad de Ilave, olvidada comunidad en lo más recóndito de la serranía peruana, rodeada de majestuosas montañas y hermosos paisajes a las orillas del Lago Titi Caca, el más alto del mundo. Walter había crecido ahí en una chacra, cuidando animales y cultivando para comer, apenas iba a la escuela pues lo primero era la chacra, y su lengua natal era el Aymara, aquella nación que en la antigüedad había dominado el altiplano y que posteriormente fuera arrasada por los conquistadores.

Cuando lo vi por primera vez con su ropa de lana, chullo y ojotas no pude hacer otra cosa que burlarme, con mis 10 años a cuestas sólo había visto dicha vestimenta en ferias folklóricas y fiestas indígenas, su rostro quemado por el fulgurante sol del altiplano y sus ojos pequeños y achinados mirando al suelo con temor y vergüenza completaban su menuda figura.
“Apesta a llama” … nos burlábamos con mis hermanas, entonces mi vieja lo envió al baño y le dio ropa nueva, Walter casi no hablaba, se le notaba triste y nostálgico, su nueva “familia” no le agradaba, por ello no me sorprendió cuando al tercer día se fugó a casa de sus padres, sin embargo por la noche era devuelto y castigado a mi casa como un animalito. Tampoco olvidaré el día en que un olor fétido inundó la casa, subimos a la azotea y vimos como Walter la había convertido en una letrina, tenía temor de usar el baño y sólo se había acostumbrado a hacer sus necesidades al aire libre en la chacra.

Poco a poco nos fuimos haciendo amigos con Walter, yo le ayudaba con las labores de la escuela, le enseñé a leer y escribir mejor, le regalaba la ropa que ya no usaba y jugábamos al fútbol con mis amigos del barrio, le llamaban “el indio” Walter por sus pronunciados rasgos andinos, y era muy guapo a la hora de pelear cuerpo a cuerpo con quien se le enfrentase.
Sin embargo nada le quitaba esa mirada tiste del rostro, por las noches lo escuchaba sollozar en su habitación, un día le pregunté que es lo que más extrañaba de su tierra, me dijo que le gustaba sentarse con su padre en la orilla de lago color verde y ver las islas flotantes, aquellas que hace siglos permanecen así por obra y gracia de los Uros, legendaria comunidad andina que construyó islas en base a la totora que abunda por esos lares.

Pasaron los años y Walter ya cumplía 15, mi madre le dio empleo en su foto estudio, aprendió a tomar y revelar fotos, así como hacer trámites documentarios. Con lo que ganaba Walter se compró una bicicleta en la que paseaba con su novia por el barrio.
Cierto día a mi padre le faltaba dinero, y mi hermana acusó al indio, mi padre fue a su cuarto y lo revisó hasta que encontró lo que le faltaba, entonces le dio una paliza que hasta ahora se debe acordar, el viejo no admitía la deslealtad.

El indio se hacía querer pues era trabajador, por lo que un primo mío le ofreció un mejor trabajo en una institución financiera, ganaba más y ahora siempre andaba a la moda y se daba ciertos lujos que el dinero permite. A los 18 años Walter dejó nuestra casa ya convertido en hombre, con su padre construyeron una nueva casa para su familia y luego puso un negocio de comidas en el que daba empleo a gente que como él recién baja del altiplano.
Yo lo recuerdo como un compañero de infancia, amigo y alguien de quien aprendí mucho, más de lo que entonces creía.

1 comentario:

Anónimo dijo...

Seguro Walter aprendió, se hizo duro y borde para sobrevivir, dejando su inocencia olvidada en su chacra.

Para él serían años "inolvidables" aunque para esa sociedad tuviera que estar agradecido por haberlo rescatado de la barbarie.

La explotación infantil es algo por lo que hay que luchar, un niño debe vivir como niño y tener su infancia, pero para eso hay que educar, empezando por los niños y las mujeres, ellos serán los que eduquen a futuras generaciones Y jamás hay que sacar de su medio a nadie, podemos causar el efecto contrario a lo que queremos.

Besos Greta