miércoles, noviembre 13, 2019

Únanse al baile....


Una multitud en Santiago de Chile corea el emblemático tema de Los Prisioneros: El Baile de los que sobran, el sol quema y el ambiente debe oler aún a gas lacrimógeno, piden cambios porque quizá “nadie los quiso ayudar de verdad..”

Ver y oír esa escena en aquella coyuntura me trajo recuerdos de mi temprana adolescencia, en Tacna, cuando empezaba a ir a mis primeros conciertos, y pude ver hasta en dos oportunidades a Los Prisionero, épocas en las que me unía al baile de los que sobran, y gritaba para darle voz a los ochenta, épocas de rebeldía, y Los Prisioneros supieron darle banda sonora a aquella hermosa etapa de mi vida…

Era finales de los años ochenta, Tren al Sur era la canción del año y las monjitas de la confirmación se escandalizaban con Corazones Rojos, Liliana me rechazaba un baile mientras empezaba a odiar la política exterior gringa y me empezaba a dar cuenta que Latinoamérica es sólo un pueblo al sur de Estados Unidos… Entonces se anuncia su llegada a mi pequeña Tacna, los Prisioneros tocarían en el coliseo Perú y yo no podía faltar, mi pata Jesús me dijo que estaría de cabeza en el concierto, de hecho todo el mundo quería estar allí, por lo que no fue difícil convencer a mis padres comprar una entrada.

La coyuntura social y política era terrible en el Perú, sin embargo Tacna por estar tan al extremo del país, aún permanecía como un oasis en medio de todos los problemas, o al menos así lo percibía yo.

No recuerdo con quien terminé yendo al concierto, sólo sé que estaba con amigos, y también recuerdo la emoción cuando se apagaron las luces del coliseo y Jorge Gonzales empezaba con los primeros acordes. Mentiría si recuerdo el orden de las canciones, sólo sé que tocaron todas las que me gustaban, y que coreé y salté como loco cada canción…

Al final terminé sin voz y con la sensación de haber estado en uno de los mejores conciertos de mi corta vida, y hoy viéndolo a la distancia, puedo asegurar que es uno de los mejores a los que he asistido, porque era un niño de 15 años que empezaba a vivir, con amigos del colegio, y me podía volver caminando a casa, recordándola a ella y cantando en la oscuridad de la noche el Baile de los que sobran, con el clásico ladrido de los perros de fondo…

https://youtu.be/9rzOA58nm9I

martes, julio 09, 2019


jueves, abril 26, 2018

Ángel


Hubiese querido conocerla más, a la niña, la flaquita de cabellos negros y piel blanca a quien nunca pude ver de frente, por timidez, miedo a lo que me estaba sucediendo, o simplemente miedo a que yo no le gustara, al rechazo…
En ese momento, con poco más de una década de vida,  no lo entendía bien, pero me estaba enamorando, la veía perfecta, idealizada como un ángel, nunca hablé con ella, pero para mí era la niña más buena del mundo, además del ser más bello sobre la tierra…
Ante tamaña criatura me sentí pequeñito, inferior, feo, y mi primera reacción fue esconderme de ella, lo hacía tras las cortinas de mi cuarto, o tras cualquier objeto posible, no quería que me viera, o que supiera lo que siento, pero era tan obvio que poco a poco se diera cuenta, además de todo el barrio claro, todos lo sabían, todos fastidiaban y lo decían alegremente en forma de joda o burla, sin saber que en mi interior padecía, soñaba, y añoraba siquiera una pequeña señal de su parte, nunca la hubo..
Alguna vez cruzamos miradas, alguna vez estuvimos a punto de hablar, de decirnos algo, pero no se dio, por una u otra razón, sin embargo esos “casi” me ilusionaban, eran lo máximo para mí.
Pasaron unos años y ya adolescentes la pude ver en una fiesta, arregladita, guapa, entonces me armé de valor y, previo trago, me lancé a sacarla a bailar, en aquellos segundos sabía que me la estaba jugando toda, que mis miedos podían por fin largarse de mi mente, que podía tocar el cielo o irme al mismo infierno, entonces el destino hizo su parte, en el mismo momento que le pedí un baile, lo hizo uno de sus amigos, éramos dos buscando su mano, ella me miró, como quien mira a un perdedor, y se fue con él, no la volví a ver…
Me fui de la ciudad al poco tiempo de ese episodio, resentido, triste, debía empezar de nuevo en una nueva ciudad, grande y monstruosa como Lima, y así lo hice, crecí, maduré, aprendí y me hice el hombre que soy ahora, sin embargo nunca la olvidé a ella…
Hace poco la volví a encontrar, un poco distinta a como la recordaba, el tiempo había hecho su parte, y recién pude conocerla. Conversamos y nos llevamos tan bien, que nos dimos cuenta lo estúpidos que fuimos al no hablarnos cuando éramos niños.
No sé cómo termine esta historia, solo sé que hoy gané una buena amiga, alguien que me acompañará para que no vuelva a esconderme nunca más, para que aquel niño flacucho y tímido de Villa Hermosa pueda sonreír tranquilo y saber que al fin pudo tomar la mano de su ángel…

miércoles, noviembre 15, 2017

Hubo un día que lloré por el gol en contra en el último minuto, pero hoy no es ese día...

Hubieron días de goles perdidos increíbles frente al arco, pero hoy no es ese día...

Días que me sentí humillado, burlado, que renegué de Dios y de mis creencias, pero hoy no es ese día...

El no querer ver la televisión, ni escuchar la radio, y rezar porque cada grito del vecino sea por algo positivo que hizo el equipo.... pero hoy no es ese día,

El largo retorno a casa luego de la derrota, la frustración, la incertidumbre, el sentirse inferior y que esto no tenía remedio.... el pensar porqué carajo hago todo esto, si sólo es un estupido partido de fútbol..

No, hoy no es ninguno de esos días... Y ahora luego de muchos años, ver a mi hijo, quien aún no entiende nada de esto, con la camiseta rojiblanca que le pusimos, me observa, sonríe y parece decirme: tranquilo viejo, tu padre, mi abuelo, nos sonríe desde el cielo...



jueves, diciembre 22, 2016

y llegó

Noviembre 24, 8:00 PM, Clínica Good Hope, 

El extraño atavío que me obligaron a ponerme, así como lo inusual de la escenografía, verde, blanca, fría, me decía que estaba ante un acontecimiento especial en la vida, una locomotora que se aproxima de frente a toda velocidad y con las luces encendidas… el fuerte llanto que escuché me hizo saber que Gonzalo había llegado, húmedo, vigoroso, me sentí como en una escena repetida, un dejavü, sentí  ganas de correr había él, de abrazarlo, de hablarle y que me entendiera, quería irme de allí con él en brazos, llevarlo a mi casa y cuidarlo… Carla apenas consciente ensayaba una sonrisa para las fotos de rigor, mientras una voz se repetía una y otra vez en mi mente “es mi hijo.. es mi hijo”…

Inevitable también no recordar en esos momentos a mi padre, y a la vez sentirlo allí en esa fría sala de hospital, ex pectando todo con satisfacción, con orgullo, es tu nieto papá.. esbocé, y lleva tu nombre, como te lo prometí aquella vez….

Hoy, apenas un mes después de aquel hecho, me siento aún raro, como que no termino de darme cuenta de la enorme responsabilidad ante mi, mi hijo, no sé si lo haga bien, no sé que chucha haré, sólo trataré de hacerlo bien, y quizá algún día se convierta en un buen hombre, como su abuelo.

lunes, agosto 10, 2015

Papá


Aún puedo verte sentado en la sala poco iluminada, viendo tu partido de vóley o tus películas y series retro, concentrado, tranquilo… o en aquella plaza triangular paseando a Ringo mientras observas el pasar de la gente… quien caminará por esas baldosas como sólo tu sabías hacerlo?... a quién alumbrarán esos faroles de luz amarilla y tenue?... ya no sentirá la tierra tu paso seguro y cansino de hombre maduro y sabio…. Ya no mojará la lluvia tu cabezita blanca y orgullosa… ya no podrán mirarte, respetarte o cederte el paso… ya no…

Como cuando tenía seis años y te discutía el por qué ir a la escuela… "vas a aprender a leer las historietas que tanto te gusta ver…" , fue tu amable respuesta… a lo que respondí, no necesito leer, sólo me gusta ver… Y hoy solo quisiera verte a ti, como aquella vez en París, sonriente y extasiado de tanta belleza y cultura… o como aquella vez que me observabas mientras torpemente intentaba encestar un balón…

Me enseñaste a montar bicicleta, desafiando mis miedos,  a nadar hasta el fondo,  a hacer las tareas, eras un maestro innato y tu paciencia así lo descubría, también me enseñaste a conducir en el viejo bolocho blanco, el mismo que fue mudo testigo de nuestros banquetes con helados, picarones y chocolates, nunca te dije que contigo en ese carro me sentía el niño más seguro del mundo.

Es difícil asumir tu ausencia, superar la pena, dejar de pensar en los planes que no se concretaron, tu sonrisa franca y mirada apacible, ya no las veré, no las podré disfrutar, no podré amarlas…

Sé que en la eternidad me esperarás, parte del aire, para ver el vóley y comer picarones mientras me enseñas algo más, algo que dejamos pendiente una tarde de sol tacneño y sombras de palmeras de la avenida Bolognesi...

sábado, noviembre 15, 2014

Domingo


A donde se fueron los domingos, desde cuando se convirtieron en días en los que solo nos levantamos tarde, comemos, vemos tele y nos volvemos a dormir, desde cuando se convirtió en un día aburrido en los que solo nos angustiamos por la pronta llegada del temible lunes…

Pero no siempre fue así, hubo un tiempo en el que los domingos eran sinónimo de magia, en los que me sentaba en una enorme y surtida mesa llena de gente grande y curtida, días en los que apenas entendía el uso del tenedor y el cuchillo, y recién empezaba a comprender los sabores de aquella entrañable y milenaria cocina de mi abuela Plácida. Ella era la mayor y más respetada de la mesa, era a quien debíamos agradecerle el placer de aquella comida, y de quien apenas recuerdo el sonido de su voz, lo suyo eran los gestos, con los cuales manejaba  y comandaba aquella multifacética mesa de madera y manteles blancos con florecitas silvestres bordadas.

Apenas terminaba de almorzar y ver los Pitufos, nos íbamos con mis primos a jugar aquellos juegos de gran inventiva e inocencia, como el mundo, el lobo, la familia, o cualquier cosa que se nos inventara con solo un balón, no había tecnología y el mejor 3D eran los pelotazos que recibías en la cabeza..

Por  la noche el infaltable lonche en la misma mesa ceremonial, con otras personas que llegaron tarde, devoraba las marraquetas calientes con mantequilla y dulce, y a veces lo que quedaba del almuerzo convertido en un platillo totalmente nuevo y apetecible… La despedida para casa también era emocionante, subirme algo somnoliento en el bocho de mi viejo y sin pensar mucho en la escuela del día siguiente, soñando con el próximo domingo…

Y mientras pienso en aquellos emocionantes días de mi niñez recibo un mensaje en el wasap, me dicen para ir al cine y yo solo deseo jugar al mundo nuevamente…


 

Domingo


A donde se fueron los domingos, desde cuando se convirtieron en días en los que solo nos levantamos tarde, comemos, vemos tele y nos volvemos a dormir, desde cuando se convirtió en un día aburrido en los que solo nos angustiamos por la pronta llegada del temible lunes…

Pero no siempre fue así, hubo un tiempo en los que los domingo eran sinónimo de magia, en las que me sentaba en una enorme y surtida mesa llena de gente grande y curtida, días en los que apenas entendía el uso del tenedor y el cuchillo, y empezaba a comprender los sabores de aquella entrañable y milenaria cocina de mi abuela Plácida. Ella era la mayor y más respetada de la mesa, era a quien debíamos agradecerle el placer de aquella comida, y de quien apenas recuerdo el sonido de su voz, lo suyo eran los gestos, con los cuales manejaba  y comandaba aquella multifacética mesa de madera y manteles blancos con florecitas silvestres bordadas.

Apenas terminaba de almorzar y ver los Pitufos, nos íbamos con mis primos a jugar aquellos juegos de gran inventiva e inocencia como el mundo, el lobo, la familia, o cualquier cosa que se nos inventara con solo un balón, no había tecnología y el mejor 3D eran los pelotazos que recibías en la cabeza..

Por  la noche el infaltable lonche en la misma mesa ceremonial, con otras personas que llegaron tarde, devoraba las marrquetas calientes con mantequilla y dulce, y a veces lo que quedaba del almuerzo convertido en un platillo totalmente nuevo y apetecible… La despedida para casa también era emocionante, subirme algo somnoliento en el bocho de mi viejo y sin pensar mucho en la escuela del día siguiente, soñando con el próximo domingo…

Y mientras pienso en aquellos emocionantes días de mi niñez recibo un mensaje en el wasap, me dicen para ir al cine y yo solo deseo jugar al mundo nuevamente…