A donde se fueron los domingos, desde cuando se convirtieron
en días en los que solo nos levantamos tarde, comemos, vemos tele y nos
volvemos a dormir, desde cuando se convirtió en un día aburrido en los que solo
nos angustiamos por la pronta llegada del temible lunes…
Pero no siempre fue así, hubo un tiempo en el que los
domingos eran sinónimo de magia, en los que me sentaba en una enorme y surtida
mesa llena de gente grande y curtida, días en los que apenas entendía el uso
del tenedor y el cuchillo, y recién empezaba a comprender los sabores de aquella
entrañable y milenaria cocina de mi abuela Plácida. Ella era la mayor y más
respetada de la mesa, era a quien debíamos agradecerle el placer de aquella
comida, y de quien apenas recuerdo el sonido de su voz, lo suyo eran los
gestos, con los cuales manejaba y
comandaba aquella multifacética mesa de madera y manteles blancos con
florecitas silvestres bordadas.
Apenas terminaba de almorzar y ver los Pitufos, nos íbamos
con mis primos a jugar aquellos juegos de gran inventiva e inocencia, como el
mundo, el lobo, la familia, o cualquier cosa que se nos inventara con solo un
balón, no había tecnología y el mejor 3D eran los pelotazos que recibías en la
cabeza..
Por la noche el
infaltable lonche en la misma mesa ceremonial, con otras personas que llegaron
tarde, devoraba las marraquetas calientes con mantequilla y dulce, y a veces lo
que quedaba del almuerzo convertido en un platillo totalmente nuevo y
apetecible… La despedida para casa también era emocionante, subirme algo
somnoliento en el bocho de mi viejo y sin pensar mucho en la escuela del día
siguiente, soñando con el próximo domingo…
Y mientras pienso en aquellos emocionantes días de mi niñez
recibo un mensaje en el wasap, me dicen para ir al cine y yo solo deseo jugar al
mundo nuevamente…