
Nunca me llevé del todo bien con las familias de mis enamoradas, siempre me veían, de manera prejuiciosa como alguien de poco fiar, un invasor de sus hogares, alguien que venía a quitarles todo lo bueno a sus retoños, para hacerles daño, arrancarles la inocencia y empujarlas hacia lo inmoral o prohibido.
Quizá sea mi despreocupada actitud ante todo, mis ideas de libertad e igualdad, mis tendencias izquierdistas, la profundidad de mi mirada o mi cara de “bandido”, lo que hagan que estos clanes se muestren recelosos ante mi larguirucha presencia.
Para “agravar” la situación, siempre está el novio “ideal”, personificado por la ocasional pareja de la hermana de mis enamoradas, esos chicos buenos, acomedidos, correctos y con la ropa bien planchada, aquellos que cualquier chica boba se les tiraría encima y que las madres sueñan verles salir de la iglesia del brazo de sus retoños.
Sin embargo el tiempo siempre ha sido mi cómplice y termina dándome la razón, pues luego del casorio, aquellos chicos “modelo”, terminaron siempre siendo unos locos desadaptados y reprimidos a los que mis ex cuñadas no saben cómo sacarse de encima.
No me interesa caer bien a la gente, no me preocupa que la familia de mi novia me ame, si alguna vez lo hacen pues que sea al Héctor que tienen al frente, aquel que se muestra natural, libre y directo, aquel que puede parecer “raro” o “bandido”, pero que nunca jodió a nadie adrede y sólo desea vivir y dejar vivir, como un perro de la calle, sin rumbo ni nación, sólo un instinto para saber cuándo ladrar…
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