sábado, noviembre 15, 2014

Domingo


A donde se fueron los domingos, desde cuando se convirtieron en días en los que solo nos levantamos tarde, comemos, vemos tele y nos volvemos a dormir, desde cuando se convirtió en un día aburrido en los que solo nos angustiamos por la pronta llegada del temible lunes…

Pero no siempre fue así, hubo un tiempo en los que los domingo eran sinónimo de magia, en las que me sentaba en una enorme y surtida mesa llena de gente grande y curtida, días en los que apenas entendía el uso del tenedor y el cuchillo, y empezaba a comprender los sabores de aquella entrañable y milenaria cocina de mi abuela Plácida. Ella era la mayor y más respetada de la mesa, era a quien debíamos agradecerle el placer de aquella comida, y de quien apenas recuerdo el sonido de su voz, lo suyo eran los gestos, con los cuales manejaba  y comandaba aquella multifacética mesa de madera y manteles blancos con florecitas silvestres bordadas.

Apenas terminaba de almorzar y ver los Pitufos, nos íbamos con mis primos a jugar aquellos juegos de gran inventiva e inocencia como el mundo, el lobo, la familia, o cualquier cosa que se nos inventara con solo un balón, no había tecnología y el mejor 3D eran los pelotazos que recibías en la cabeza..

Por  la noche el infaltable lonche en la misma mesa ceremonial, con otras personas que llegaron tarde, devoraba las marrquetas calientes con mantequilla y dulce, y a veces lo que quedaba del almuerzo convertido en un platillo totalmente nuevo y apetecible… La despedida para casa también era emocionante, subirme algo somnoliento en el bocho de mi viejo y sin pensar mucho en la escuela del día siguiente, soñando con el próximo domingo…

Y mientras pienso en aquellos emocionantes días de mi niñez recibo un mensaje en el wasap, me dicen para ir al cine y yo solo deseo jugar al mundo nuevamente…

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