Una multitud en Santiago de Chile corea el emblemático tema de Los Prisioneros: El Baile de los que sobran, el sol quema y el ambiente debe oler aún a gas lacrimógeno, piden cambios porque quizá “nadie los quiso ayudar de verdad..”
Ver y oír esa escena en aquella coyuntura me trajo recuerdos de mi temprana adolescencia, en Tacna, cuando empezaba a ir a mis primeros conciertos, y pude ver hasta en dos oportunidades a Los Prisionero, épocas en las que me unía al baile de los que sobran, y gritaba para darle voz a los ochenta, épocas de rebeldía, y Los Prisioneros supieron darle banda sonora a aquella hermosa etapa de mi vida…
Era finales de los años ochenta, Tren al Sur era la canción del año y las monjitas de la confirmación se escandalizaban con Corazones Rojos, Liliana me rechazaba un baile mientras empezaba a odiar la política exterior gringa y me empezaba a dar cuenta que Latinoamérica es sólo un pueblo al sur de Estados Unidos… Entonces se anuncia su llegada a mi pequeña Tacna, los Prisioneros tocarían en el coliseo Perú y yo no podía faltar, mi pata Jesús me dijo que estaría de cabeza en el concierto, de hecho todo el mundo quería estar allí, por lo que no fue difícil convencer a mis padres comprar una entrada.
La coyuntura social y política era terrible en el Perú, sin embargo Tacna por estar tan al extremo del país, aún permanecía como un oasis en medio de todos los problemas, o al menos así lo percibía yo.
No recuerdo con quien terminé yendo al concierto, sólo sé que estaba con amigos, y también recuerdo la emoción cuando se apagaron las luces del coliseo y Jorge Gonzales empezaba con los primeros acordes. Mentiría si recuerdo el orden de las canciones, sólo sé que tocaron todas las que me gustaban, y que coreé y salté como loco cada canción…
Al final terminé sin voz y con la sensación de haber estado en uno de los mejores conciertos de mi corta vida, y hoy viéndolo a la distancia, puedo asegurar que es uno de los mejores a los que he asistido, porque era un niño de 15 años que empezaba a vivir, con amigos del colegio, y me podía volver caminando a casa, recordándola a ella y cantando en la oscuridad de la noche el Baile de los que sobran, con el clásico ladrido de los perros de fondo…
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