Uno de los capítulos más recordables de mi adolescencia fue el Mes de Misión, el cual consistía en que el Colegio nos enviaba un mes a un pueblo apartado y humilde para que hagamos obra social y convivamos con los campesinos sus labores cotidianas en el campo.
El lugar escogido fue “La Yarada”, un oasis en medio del desierto calcinante, que sin embargo guarda enormes reservas de agua dulce en el subsuelo, elemento que los campesinos extraen para regar sus plantaciones.
Al llegar nos asignaron una barraca y camarotes para cada uno, recuerdo que a mi derecha estaba Alex, un tipo tan fuerte y grande como vago y perezoso, en los ratos libres se la pasaba tirado en su cama escuchando música en su walk man., a mi izquierda estaba Elías, quien a causa de un lamentable accidente se fue a los pocos días de haber llegado.
Algo que me marcó de aquel viaje fueron Los “ranchos” o almuerzos que eran tan sencillos como exiguos, siempre me quedaba con hambre, una sopita de mariscos y un segundo plato que apenas me llenaban el estómago, por lo que en las noches nos metíamos a la despensa con unos compañeros a robar comida, había aprendido lo que es el hambre y la necesidad de robar para comer., a la vez de aprender a valorar la comida de casa, desde entonces como de todo y sin chistar, y cada vez que pierdo el apetito recuerdo los días en “La Yarada” y recupero el hambre instantáneamente.
Un personaje a quien recuerdo de entonces es “Cachuca”, él era el mayor de todos, un indio enorme y tosco a quien casi todos temían, yo lo detestaba por abusivo, así que un día en el almuerzo le lancé el vaso de agua en la cara, el indio se paró para golpearme y empecé a correr, yo era más ágil y lo superaba en velocidad, pero una maldita rama me hizo tropezar y el indio me sacó la mierda, me pateó en el suelo a su antojo delante de todo el pueblo, cuando se hubo cansado se fue y yo me puse de pié lleno de polvo y moretones con las rodillas ensangrentadas.
Sin embargo todas las broncas desaparecían a la hora del trabajo, aprendí a cultivar, a cosechar, limpiar campos, corrales y galpones de aves, entre otras muchas cosas, el trabajo era intenso y la satisfacción al final del día era tomarse un baño en los pozos de agua de subsuelo, tan refrescantes.
Un día que salía del pozo empapado de agua, me disponía a secarme cuando alguien me empuja por atrás, con tan mala suerte que choco contra el cerco eléctrico que encerraba a las reses, siento la descarga eléctrica que hizo saltar mi cuerpo para adelante, me quedó atónito y busco al culpable, era Rodrigo, entonces lo persigo y lo lanzo al pozo , estaba furioso y le hundo la cabeza en el agua, me pide perdón casi llorando y lo suelto, fueron minutos de furia que jamás olvidaré.
Continuaré…
El lugar escogido fue “La Yarada”, un oasis en medio del desierto calcinante, que sin embargo guarda enormes reservas de agua dulce en el subsuelo, elemento que los campesinos extraen para regar sus plantaciones.
Al llegar nos asignaron una barraca y camarotes para cada uno, recuerdo que a mi derecha estaba Alex, un tipo tan fuerte y grande como vago y perezoso, en los ratos libres se la pasaba tirado en su cama escuchando música en su walk man., a mi izquierda estaba Elías, quien a causa de un lamentable accidente se fue a los pocos días de haber llegado.
Algo que me marcó de aquel viaje fueron Los “ranchos” o almuerzos que eran tan sencillos como exiguos, siempre me quedaba con hambre, una sopita de mariscos y un segundo plato que apenas me llenaban el estómago, por lo que en las noches nos metíamos a la despensa con unos compañeros a robar comida, había aprendido lo que es el hambre y la necesidad de robar para comer., a la vez de aprender a valorar la comida de casa, desde entonces como de todo y sin chistar, y cada vez que pierdo el apetito recuerdo los días en “La Yarada” y recupero el hambre instantáneamente.
Un personaje a quien recuerdo de entonces es “Cachuca”, él era el mayor de todos, un indio enorme y tosco a quien casi todos temían, yo lo detestaba por abusivo, así que un día en el almuerzo le lancé el vaso de agua en la cara, el indio se paró para golpearme y empecé a correr, yo era más ágil y lo superaba en velocidad, pero una maldita rama me hizo tropezar y el indio me sacó la mierda, me pateó en el suelo a su antojo delante de todo el pueblo, cuando se hubo cansado se fue y yo me puse de pié lleno de polvo y moretones con las rodillas ensangrentadas.
Sin embargo todas las broncas desaparecían a la hora del trabajo, aprendí a cultivar, a cosechar, limpiar campos, corrales y galpones de aves, entre otras muchas cosas, el trabajo era intenso y la satisfacción al final del día era tomarse un baño en los pozos de agua de subsuelo, tan refrescantes.
Un día que salía del pozo empapado de agua, me disponía a secarme cuando alguien me empuja por atrás, con tan mala suerte que choco contra el cerco eléctrico que encerraba a las reses, siento la descarga eléctrica que hizo saltar mi cuerpo para adelante, me quedó atónito y busco al culpable, era Rodrigo, entonces lo persigo y lo lanzo al pozo , estaba furioso y le hundo la cabeza en el agua, me pide perdón casi llorando y lo suelto, fueron minutos de furia que jamás olvidaré.
Continuaré…
3 comentarios:
La convinencia a la fuerza es bastante dura, pasar hambre, sueño y pesares enseña mucho, pero sobre todo con lo que se aprende es trabajando. Si quieres conocer a alguien realmente ponte a trabajar con él codo a codo.
Besos
P.D. espero la continueción
Que reconfortante es siempre ayudar a los demás.
Vaya, parece que es algo común eso de pasar hambre en los campamentos/colonias/retiros y demás, yo también pase lo mío con 10 años. Y comparto con Greta que no se llega a conocer a alguien del todo hasta que no compartes tareas, eso si que nos desnuda el caracter...
Besos y a ver en que acaba todo esto
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