
Nada me hubiese hecho pensar que luego de aquel aburrido almuerzo iba a recibir tamaña responsabilidad. Nevenka me pedía le acompañe a comprar una corona para la difunta abuela de un imperceptible compañero de estudios. Mi idea de un velorio y toda su parafernalia se resumía en una rápida incineración, y luego echar las cenizas en una guachafa botellita de vidrio o esparcirlas en algún insólito lugar que el difunto haya confiado a sus compañeros de borracheras. Sin embargo, la curiosidad y por ser Nevenka quien me lo pedía, hizo me decidiera a acompañarle.
Media hora en un descuidado taxi nos dejó frente a la mata de los arreglos florales en Lima, allí esparcidos a lo largo de la calle se podían ver decenas de Cruces gigantes adornadas con claveles, rosas y azucenas de diversos colores, también estaban las lágrimas más pequeñas y discretas, y a su costado un arreglo floral propio de un aniversario empresarial y otro en forma de corazón ideal para un alma enamorada. Es así como la vida y la muerte se conjugaban en medio de esa vorágine de vendedores que ofrecían su mercancía con entusiasmo y mañosería. Optamos por consultar al primer puesto que vimos, debíamos escoger la corona perfecta para la ocasión.
De la difunta sólo sabíamos que había muerto de viejita, así que hojeamos el grueso catálogo de arreglos, y buscamos una que dijese: “no le conocimos, pero sentimos su desaparición porque su nieto es nuestro compañero”. Es así que luego de una oportuna asesoría del vendedor, optamos por una enorme corona de claveles blancos con una tarjeta que pudiese leerse a 3 metros de distancia que decía :
Luego de pagar y dejar la dirección de envío volvimos al trabajo con la sensación del deber cumplido y la seguridad de que no será la última corona que compre, y que el día que muera no quiero rezos, cruces ni coronas, sólo una lápida de màrmol que a la letra diga :
Media hora en un descuidado taxi nos dejó frente a la mata de los arreglos florales en Lima, allí esparcidos a lo largo de la calle se podían ver decenas de Cruces gigantes adornadas con claveles, rosas y azucenas de diversos colores, también estaban las lágrimas más pequeñas y discretas, y a su costado un arreglo floral propio de un aniversario empresarial y otro en forma de corazón ideal para un alma enamorada. Es así como la vida y la muerte se conjugaban en medio de esa vorágine de vendedores que ofrecían su mercancía con entusiasmo y mañosería. Optamos por consultar al primer puesto que vimos, debíamos escoger la corona perfecta para la ocasión.
De la difunta sólo sabíamos que había muerto de viejita, así que hojeamos el grueso catálogo de arreglos, y buscamos una que dijese: “no le conocimos, pero sentimos su desaparición porque su nieto es nuestro compañero”. Es así que luego de una oportuna asesoría del vendedor, optamos por una enorme corona de claveles blancos con una tarjeta que pudiese leerse a 3 metros de distancia que decía :
“nuestras condolencias.
Promoción MBA XXVI Centrum”…
Luego de pagar y dejar la dirección de envío volvimos al trabajo con la sensación del deber cumplido y la seguridad de que no será la última corona que compre, y que el día que muera no quiero rezos, cruces ni coronas, sólo una lápida de màrmol que a la letra diga :
“fue un buen tipo”
1 comentario:
pues yo no deseo eso, solo quiero que la gente no tenga que interrumpir su vida diaria por un simple envoltorio mortal, y así lo he dicho y así consta por escrito.
Que la vida siga.
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